Diciembre se acerca, falta poco para ver los abetos blancos. Para ver la sábana extendida sobre la montaña. Nada ha cambiado, todo sigue igual que siempre. Los días pasan y no consigo inhalar honestidad. La televisión está estropeada de su poco uso. La biblioteca abarrotada, y la madera cruje porque ya no aguanta tantos libros.
Muchas veces despierto del sueño, sueño aunque no duermo... idealizo una vida mejor y no es difícil. Ya no celebro San Valentín, ni quiero hacerlo. No porque no quiera tener a nadie a mi lado, sino porque amar no tiene que ser acción de un día, tiene que ser desde el nacimiento hasta el eterno yacimiento.

Las paredes de roble ya no aguantan mis gritos, y aveces me los devuelve a crujidos. Sólo me escucho a mí y fuera el viento, hace frío y los pájaros ya no me cantan como lo hacían en verano. Ahora tengo a los libros a mi lado, son mis amigos, me explican con paciencia y me repiten las cosas, todas las veces que yo necesite, sin gritar. No critican las cosas que hago y nunca me dejan de lado, lo que hacen es ayudarme a cambiar.
El castaño que veo, siempre que me despierto, ya no está verde, ahora lo sustituye los cuervos y la nieve. Que hacen que el paisaje sea más gris y frío.
Quizás parezca que esto me entristece, pero no, no lo hace. El cambio que el mundo me ofrece, alegra mi estancia en él. Valoro lo que me da, y eso sí es especial. No se mucho, mi conocimiento es escaso, y eso me hace ser ignorante. Ignoro que la felicidad la proporcione el dinero, también ignoro que tus bienes materiales o tu apariencia influya en el amor.
Soy un ignorante, y siempre lo seré.
