sábado, 13 de noviembre de 2010

Puñal helado en el corazón


Diciembre se acerca, falta poco para ver los abetos blancos. Para ver la sábana extendida sobre la montaña. Nada ha cambiado, todo sigue igual que siempre. Los días pasan y no consigo inhalar honestidad. La televisión está estropeada de su poco uso. La biblioteca abarrotada, y la madera cruje porque ya no aguanta tantos libros.
Muchas veces despierto del sueño, sueño aunque no duermo... idealizo una vida mejor y no es difícil. Ya no celebro San Valentín, ni quiero hacerlo. No porque no quiera tener a nadie a mi lado, sino porque amar no tiene que ser acción de un día, tiene que ser desde el nacimiento hasta el eterno yacimiento.

Las paredes de roble ya no aguantan mis gritos, y aveces me los devuelve a crujidos. Sólo me escucho a mí y fuera el viento, hace frío y los pájaros ya no me cantan como lo hacían en verano. Ahora tengo a los libros a mi lado, son mis amigos, me explican con paciencia y me repiten las cosas, todas las veces que yo necesite, sin gritar. No critican las cosas que hago y nunca me dejan de lado, lo que hacen es ayudarme a cambiar. 
El castaño que veo, siempre que me despierto, ya no está verde, ahora lo sustituye los cuervos y la nieve. Que hacen que el paisaje sea más gris y frío.

Quizás parezca que esto me entristece, pero no, no lo hace. El cambio que el mundo me ofrece, alegra mi estancia en él. Valoro lo que me da, y eso sí es especial. No se mucho, mi conocimiento es escaso, y eso me hace ser ignorante. Ignoro que la felicidad la proporcione el dinero, también ignoro que tus bienes materiales o tu apariencia influya en el amor.
Soy un ignorante, y siempre lo seré.

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